No recuerdo haber mostrado en toda mi dulce y tierna infancia, el más mínimo interés ni por la lectura ni por la escritura. Es más, evoco con melancolía y cierta desesperación aquellos terribles lunes en los que nuestra querida profesora de Lengua se empeñaba en saber qué demonios habíamos estado haciendo todo el fin de semana, sometiéndonos a una terrible extorsión lingüística por escrito, también conocida, en círculos docentes bien documentados, como redacción.